juano_flyer_logo_final-15Enrique tenía 5 años y se encontraba en la casa de sus abuelos maternos. Eran tiempos de guerra. Yugoslavia estaba siendo bombardeaba y Belgrado no era una ciudad segura. Entonces sus padres decidieron que sus hijos estuviesen en las afueras, en el campo. A él y a su hermano Jacobo, prácticamente los criaron sus abuelos.

Los rusos lograron ingresar por Rumania. Dado que la casa de sus abuelos estaba a 5 kilómetros de la frontera rumana, el peligro era inminente.

En una zona temperaturas que podían llegar a los 22/24 grados bajo cero, era habitual que las casas tuvieran un horno en el centro. Alrededor del horno estaban las camas superpuestas donde Enrique dormía con su hermano y sus seis primos. Eran ocho en total. Los abuelos dormían en una habitación contigua.

Era momento de despertarse. Sonó el despertador pero el abuelo de Enrique no llegó a apagarlo. Los partisanos, movimiento de resistencia enrolado en la lucha contra las Potencias del Eje, le pegaron un tiro al despertador y luego a su abuelo. Todavía hoy Enrique no sabe la suerte que corrió su abuela. Su ultimo recuerdo fue cuando los llevaron al pueblo y le dijeron a su abuela y otra mujer que la primera que consiguiese un pan redondo, habitual de la zona y época, salvaría su vida. Para ello debían atravesar el pueblo. Mientras estas mujeres luchaban por su vida, dos adultos eran obligados a realizar un pozo para enterrar a la que llegase segunda. Enrique presenciaba esto con apenas 5 años. Lamentablemente, luego de ese hecho, nunca volvió a ver a su abuela. Si bien llegó primera y salvó su vida, luego de presenciar como mataron a la otra señora y a uno de las personas que hizo el pozo, se llevaron a su abuela para no volver a verla nunca más. Lamentablemente la muerte lo acompañaría por varios años.

Su padre salvó su vida porque era peluquero. Y a los peluqueros se los necesitaba para cortar el pelo a los prisioneros. Su madre fue llevada a un campo de concentración para mujeres.

Enrique y Jacobo fueron conducidos a un campo de concentración para niños. Los ubicaron en una habitación donde tiraron pasto seco para que usarían de colchón. Cada noche Enrique hacía un pozo y se tapaba con el pasto para soportar el frío. En ese momento no sabía por qué le estaba pasando eso. Luego sabría que su gran pecado era tener sangre austríaca. Todos aquellos que tenían sangre austríaca o alemana, el dictador Josip Broz “Tito” los perseguía hasta capturarlos. Luego, según su suerte, edad y sexo, los mataba o enviaba a campos de concentración.

Su hermano era 13 meses mayor. Tenía 6 años. Pero era Enrique el que lo tuvo que cuidar y motivar para que no se deje morir. No quería comer. Enrique le daba de comer en la boca. Jacobo no quería vivir. No quería soportar más tormentos.

En su situación había 30.000 chicos. Morían 150 niños por día. El lugar estaba rodeado de un alambrado de 6.200 voltios. Muchos de los chicos no aguantaban el hambre e intentaban cruzarlo. Morían en el acto. Enrique me cuenta que a él lo salvó una gomera que había fabricado. Si por ejemplo le pegaba con su gomera a 10 palomas, solo podía agarrar  con suerte, una. Donde caían se lo comían los otros niños. “No tenías tiempo ni lugar donde cocinarlo. Lo único que no comíamos eran ratas o lauchas. Cuando se moría un caballo, los Partisanos lo ataban y lo entraban al campo. Nos tiraban botellas de vodka, que al romperse usábamos como cuchillos. Nos tirábamos encima y cada uno agarraba un pedazo de carne que comíamos cruda. Por eso estoy acá”

Algunas veces comían “mămăligă”, un pan elaborado en base a maíz partido. A la vista era una masa de color amarillo.

Todos los días, los partisanos pasaban con un carro de cuatro ruedas a retirar los chicos que morían. Preguntaban si había algún muerto para recoger. Como lo único que tenían eran bolsas de arpillera, con una botella rompían la bolsa, envolvían a su compañero muerto y entregaban el cuerpo. Luego, los sacaban fuera del alambrado. Allí había “abuelos” prisioneros que debían cavar zanjas de 1 metro de profundidad. “Los guardias pateaban las cabezas de los pequeños cadáveres hasta dejarlo caer en la zanja. Al otro año ahí arriba crecía el trigo, el maíz… Por eso resultaba tan difícil luego identificar a los seres queridosNosotros pensábamos que nuestros padres estaban muertos y ellos pensaban lo mismo de nosotros”. Muchas veces pasaron una semana sin ingerir alimento. El hambre dolía.

No puedo asimilar tanta crueldad y odio. No dejo de pensar en todo momento que Enrique tenía la edad de mi hijo menor. Me cuenta que hay dos momentos que no puede olvidar y fueron los más difíciles. Pensando que no hay nada más duro que me pudiese contar, me relata que un día los partisanos, totalmente borrachos, lo atan a un árbol junto a otros  6 chicos para “jugar” al tiro al blanco. A sus compañeros los matan al dispararle. El alcohol no les permite acertar al momento de apuntarle a Enrique, quien siente el disparo en su oreja y cae al suelo con sangre por toda su cara. Lo creyeron muerto y los dejan ahí, como objetos desechables que habían satisfecho su “recreo”. Su hermano Jacobo retira el cuerpo de su hermano, sin antes darse cuenta que estaba vivo, “solo herido”. Tampoco puede olvidar el momento en que su prima de 14 años fue violada en 12 ocasiones para terminar recibiendo un tiro en la cabeza. Enrique y Jacobo son obligados a presenciar este acto demoníaco.

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“Yo lo único que quería era que no nos peguen más. Que nos den de comer y no nos peguen”.

Logran escaparse porque Jacobo prepara una pinza con mango de goma y así evitar quedar electrocutados al cortar el alambre. Una noche, al constatar que nuevamente los guardias se habían emborrachado, cortaron el alambrado y escaparon.

Caminaron durante 4 meses. De Yugoslavia hacia Rumania. De Rumania pasaron caminando a Hungría para llegar finalmente a Austria.  De día se encondían y de noche caminaban. No tenían comida. Tenían que sacar comida de donde se podía. A veces escarbaban en la nieve para encontrar lo que se podía. “Zanahorias era algo habitual de lo que encontrábamos enterrado”. Y había un signo que los ayudaba para identificar las casas “aliadas”. Aquellas que tenían un palo torcido como sostén en la soga para colgar la ropa, significaba que recibían refugiados. En esas casas podían entrar y los mantenían ocultos y les daban comida. Y quienes los recibían, les daban las indicaciones para seguir camino. Durante el día se escondían en pastizales. En una ocasión los capturaron y metieron en una especie de comisaría. Pero estaban tan flacos que se escapaban por los barrotes de la ventana. Continuando con el escape fueron capturados nuevamente. Pero volvieron a escaparse. Esta vez estaban cerca, a 20 km. del lugar donde se tirarían al río para el trayecto final hacia la libertad.

Luego de innumerables situaciones extremas, de peligro y muerte, llegó el momento en que se jugarían la ultima carta. Con casi 10 años de edad, tomaban decisiones en situaciones límite que a un adulto les costaría tomar. Cada día, a las 12 de la noche, los Partisanos que custodiaban las orillas del Río Danubio, hacían cambio de guardia. Tiraban dos tiros al aire y decían en ruso y en voz alta “los dejamos a Uds. y nunca permitiremos que nadie refugiado  se escape o cruce este río“. En ese momento, 8 niños, entre los que se encontraban Enrique y Jacobo, se tiran al agua. Los partisanos los ven y matan a dos. A destino llegarían seis. Nadaron 64 kilómetros. “En verdad no era que nadábamos siempre, porque Danubio te llevaba”. Por eso sobrevivieron. Porque en el estado físico en que se encontraban, no lo hubiesen logrado nadando. Se tenían que mantener a flote la mayoría del tiempo y aprovechaban las ramas de los árboles que caían hasta el agua para sujetarse y descansar.

Austria estaba divida en 2. La mitad baja estaba dominada por los rusos. Si los capturaban en esa parte, los enviarían de nuevo, si no los mataban, al campo de concentración. Tenían que nadar para llegar hasta un árbol seco donde comenzaba Austria “alta”. Allí estarían a salvo. Enrique varias veces tuvo que ayudar a su hermano, que estando tan cerca de la libertad, se rendía y quería dejarse morir.

Al llegar al ansiado árbol seco, fueron rescatados por un camión que se detuvo al verlos. Los subió a los seis y los llevó a un asilo dentro de Austria “alta”, en un pueblo llamado Petti Hoffen. En ese asilo le daban un pedacito de chocolate cada 4 horas y un vaso de agua para abrirles el estómago. Enrique tenía 9 años y medio y pesaba 18 kilos. Les sacaron los piojos, les cortaron el pelo y las uñas. Los bañaron. Era su primer baño con agua tibia en años. Solo se habían bañado con agua de lluvia.

Estando en el asilo, un día concurrió un hombre, un vecino, que iba a buscar a dos chicos para que le canten el “cumpleaños feliz” a su hija de 15 años. Enrique y Jacobo empiezan a cantar la canción de cumpleaños. El hombre señala a Enrique y dice “a este me lo llevo, al otro no porque se me va a morir en el trayecto“. Jacobo estaba muy mal físicamente. Ambos niños empiezan a llorar. El hombre al ver la angustia decide llevarse a los dos. Al arribar a su casa llama a la cocinera para pedirle que agregue dos platos. La cocinera al verlos se desmaya. Era su madre.

La historia sale en un periódico y la lee su padre, que también estaba vivo, en Viena, a 150 kms. del lugar. Su madre había escapado de un campo donde se producía queso. Cruzó Hungría en un carro que llevaba queso.  Habían armado un espacio hueco en el medio de las ormas y allí se escondió. Su padre también escapó de un campo de concentración en el que cortaba el pelo, en un carro donde se acumulaba el estiércol de los animales. Se metió dentro de esa “pasta” y luego de que los guardias la tiraran fuera del campo, no se movió hasta que escuchó que dejaban el lugar.

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Una vez reencontrados como familia, Enrique formó parte de los Niños Cantores de Viena, momento en el que aprendió a leer y escribir.

La historia del reencuentro familiar también se publica en la Argentina, en Prensa Libre, un periódico que ya no existe. Un tío paterno lee la historia y los invita a la Argentina.

El 22 de marzo de 1949 la familia parte hacia a Buenos Aires en un viaje en barco que tomaría 32 días. El barco era mitad carguero, mitad de pasajeros. Fue el último cruce del Atlántico que hizo esa embarcación. Su tío, que residía en Buenos Aires, les pagó los pasajes a los cuatro. Estuvieron 6 meses para devolver el dinero de los pasajes.

Se instalaron en Banfield. El papá de Enrique abrió una peluquería. Enrique lo ayudó mientras estudiaba. Finalmente se mudaron a Lanús, lugar donde hoy Enrique aún vive.

Enrique nunca volvió a Yugoslavia. Estuvo a metros, se acercó hasta la frontera de Hungría. Visitó el punto donde salió con su hermano Jacobo de las aguas del Danubio para su tramo final hacia la libertad. Estuvo en el “árbol seco” o “árbol de la libertad”. No podía ingresar a su país porque cuando se lo convocó al servicio militar no concurrió al llamado. “Luego de 5 años en campo de concentración ¿pretendían que vuelva para el hacer servicio militar?“.

Jacobo también se casó aquí en Argentina. Tuvo 3 hijas. Nunca pudo encontrar la paz por lo sufrido en Yugoslavia y su final no fue feliz.

Enrique conoció a Mary, su esposa, en un club. Era hija de yugoslavos pero había nacido en Argentina. Tuvieron un solo hijo. Estudió música en el Conservatorio Aguirre en Banfield. En 2 años hizo los 5 años del ciclo inferior. Su maestro se mudó a La Plata y él culminó sus estudios allí. Se recibió de clarinetista. Luego estudió dirección coral y piano. Se recibió como Director de Coros.

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Estando en la Orquesta Sinfónica Juvenil, asume Onganía. A Enrique, por ser Yugoslavo, lo consideran comunista. Lo rebajan de solista a cuarto clarinetista. Lógicamente el sueldo era muchísimo menor. Hasta ese momento, como hobby adiestraba ovejeros alemanes. Como no le alcanzaba el sueldo, empieza a adiestrar como un trabajo. Así conoce a mis padres  y adiestra nuestro ovejero. Hoy nos reencontramos luego de 30 años.

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Enrique, primero en la fila, en una competencia de Ovejeros Alemanes

Llegó a tener en simultáneo 12 coros. Ha tocado en la Embajada de Austria, de Alemania y de Inglaterra, en el Teatro Argentino de La Plata, en el Teatro Colón y con la Orquesta Sinfónica. Hoy con sus 80 años continúa tocando saxofón, clarinete y flauta. Dejó la dirección coral al fallecer su esposa Mary.

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Enrique me muestra sus piernas y sus brazos donde aún son visibles las consecuencias del campo de concentración. También me cuenta que en su pelo y piel aún tiene rastros de los momentos vividos hace 70 años.

Luego de escuchar durante 4 horas la historia más dura de mi vida, no dejo de asombrarme que en ningún minuto Enrique transmitiera odio a través de sus palabras. Se lo digo y me responde que de nada serviría. Que vivir con odio enferma.

¿Cómo es posible continuar la vida luego de lo que pasó Enrique? No encuentro otra explicación que la música fue lo que sanó su corazón. Junto a Enrique vimos y escuchamos videos de canciones compuestas por él, coros que Enrique dirigió, donde las nubes, el sol y los pájaros eran los protagonistas. Imágenes a las que Enrique se aferraba para encontrarle sentido a la vida. Enrique pudo volverse loco. Pero frente a mí tuve a un hombre que me habló de amor, de sensibilidad, de naturaleza y de música. De una tierra llamada Argentina que lo cobijó. Haber sufrido lo que él sufrió y componer desde el amor, habla de una fuerza transformadora casi milagrosa.

Esta filmación habla de eso. Son segundos que reflejan un hombre que descendió a los infiernos pero pudo salir. Las heridas está presentes, están abiertas. Eligió no vivir desde el rencor ni recordar todo lo vivido desde el odio. Intentó encontrar en la música un bálsamo que hoy lo mantiene vivo. Video Enrique

Quiero dejarles como final un poema que Enrique escribió para los que dejaron sus tierras y comenzaron un viaje definitivo fuera de la patria que los vio nacer.

Suabo del Danubio

Donde tu construyas tu hogar suabo, permanece firme y duro.

No te alejes de tu esencia, tradiciones paternas y educación materna.

Ama la tierra en que tu vives, la que te da pan, techo y luz.

Ama el honor de tu nueva patria, pero no olvides la anterior.

Habla el idioma que se utiliza pero si no te suena confiable

domina tu creencia, respétalo y manten en alto el idioma materno.

Cuando trabajas en tierra lejana, haz con pasión tu tarea.

Demuestra los sentidos de tu herencia,

no reniegues de tus ancestros.

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